Por: Mario Rodolfo Tamagno
I
En nuestro artículo anterior sobre La Independencia del Perú, habíamos mencionado que San Martín esperó a que oscureciera para entrar a Lima por vez primera. Lo hizo a caballo y sin escolta, con la intención de librarse de las ceremonias de un recibimiento. Solamente lo acompañaba un ayudante.
También destacamos que, a pesar del empeño puesto para permanecer incógnito, como era su costumbre, pronto se generalizó la noticia. Entonces hubo de soportar prolongados discursos y salutaciones y resultó involuntario protagonista de escenas de emocionados entusiasmos femeninos.
Los pormenores lo conocemos gracias a Basil Hall que era el Jefe del Escuadrón de la Real Armada Británica en el Pacífico. En 1821 estuvo en Lima en tres oportunidades: cuando estaba todavía bajo el dominio español, cuando se vivía la euforia de la proclamación de la independencia y cuando se cumplían los primeros cuatro meses del Protectorado. Fue testigo sumamente importante de los acontecimientos de la época. Por la índole de su cargo tuvo las puertas abiertas para comunicarse con las mas altas autoridades, lo que da a su testimonio mayor valor como fuente directa de información oficial. En 1824 publicó sus experiencias y observaciones (01)
“Al entrar yo al salón - dice Hall - una linda mujer de edad mediana se presentaba al general.
Cuando él se adelantó para abrazarla, ella cayó a sus pies, le abrazó las rodillas y mirando hacia arriba, exclamó que tenía tres hijos que ofrecerle, los que esperaba se convertirían ahora en miembros útiles a la sociedad en vez de ser esclavos como hasta entonces.
San Martín, con mucha discreción no intentó levantar a la dama del suelo sino que le permitió hacer su pedido en la postura elegida por ella y que, naturalmente, consideraba como mas adaptada para dar fuerza a su elocuencia, pero se encorvó mucho para oír todo lo que ella le decía y cuando pasó la primera explosión, gentilmente la levantó; y ella le echó los brazos al cuello y concluyó su discurso colgada sobre su pecho. Su respuesta fue dada con la seriedad conveniente, y el corazón de la pobre mujer parecía a punto de estallar de gratitud por su atención y afabilidad”.
“Enseguida fue asaltado por cinco damas, que al mismo tiempo querían abrazarle las rodillas; pero como esto no podía hacerse, dos de ellas le trabaron el cuello y las cinco clamaban tanto por atraer su atención y pesaban tanto sobre él que tuvo alguna dificultad para mantenerse en pie. Pronto satisfizo a cada una de ellas con una o dos palabras bondadosas. Luego, viendo a una niña de diez o doce años que pertenecía al grupo, pero que había estado temerosa de acercarse, levantó a la asombrada criatura y, besándole las mejillas, la volvió a bajar en tal estado de éxtasis que la pobrecita apenas sabía dónde se encontraba”.
“Mientras estaba observándolo así, me reconoció y, atrayéndome hacia él, me abrazó al estilo español. Di lugar a una bella joven que, con grandes esfuerzos, había atravesado la multitud. Se arrojó en los brazos del general y allí se mantuvo durante un buen medio minuto sin poder proferir otra cosa que “¡Oh mi general, mi general!”.
Luego intentó separarse pero San Martín, que había sido sorprendido por su entusiasmo y belleza, la apartó atrás, gentil y respetuosamente, e inclinando su cabeza un poco a un lado dijo, sonriendo, que debía permitírsele demostrar su grato sentimiento de tan buena voluntad con un beso cariñoso.
Esto desconcertó completamente a la sonrojada beldad que, dando vueltas, busco apoyo en el brazo de un oficial que estaba cerca. El general le preguntó si ahora estaba contenta: “¡Contenta – exclamó – oh, señor!”
II
El episodio anterior fue recogido y relatado por Leguía y Martínez en su monumental obra “El Protectorado” de
siete voluminosos tomos, pero con una importante variación: Identifica a la protagonista.
Aunque no a la fuente que lo permite. No puede hacerlo porque no existe. Veamos su versión:
Luego de soportar prolongados discursos y salutaciones y “algo ya despejado el espacio posterior del salón .... saluda militarmente como para retirarse. No acaba de hacerlo, cuando, como aparición repentina y prodigiosa, surge una mujer, alta, hermosa y agraciada que, sollozante por la emoción, échase en sus brazos, cual si ya fueran conocidos y amados; y , clavada en ellos, apenas si acierta a articular y repetir estas solas palabras: ¡Mi general! ¡Mi general! San Martín la oprime benévolo y luego la contempla embebecido. La desconocida baja los ojos ante la penetrante mirada del héroe. Serenáos, no hay por qué llorar – le dice el general”.
“Apártala suavemente y, olvidando su gravedad habitual, vencida un momento; herido por el dardo de tantos atractivos, palpando secretamente la ardencia (sic) de aquellos ojos, tanto mas hermosos cuando se muestran nublados por las lágrimas: - ¿Permitiráis - murmura a media voz - expresaros mi gratitud con un beso?”
“Pero no. Refrenando esa extraordinaria expansión suya, que pasa como un relámpago, ordena a su ayudante darle el brazo y acompañarla hasta afuera, y se detiene a contemplarla con visible interés, mientras se retira.
¿Quién es esa mujer sentimental, cuyos silencios y cuyos sollozos, mas arrebatadores que la elocuencia misma han bañado en extraña alegría y súbita luz las horas borrosas, y pesadas expansiones de esa noche sublime?”
“Es Rosa Campusano, perla del Guayas, espíritu romántico, carácter novelesco, corazón imanado por la fama, apasionado de la gloria, idólatra del heroísmo, prototipo de aquella belleza marfilina que distingue a las beldades de su patria, pálida excelsitud en cuyas pupilas chispean el fuego del amor y la llama de la idealidad; halago ardiente, tentación satánica, predestinados a derretir la nívea rigidez del guerrero paciente y calculador, y a poner nuevos y mas apretados grillos en la ya enfermiza energía y actividad decadente del Aníbal de los Andes”. (02)
III
El inefable Ricardo Palma, verdadero creador de ese género literario llamado Tradiciones, quizás nos pueda
ayudar en el intento de justificar nuestra objeción:
Rosa Campusano nació en Guayaquil en 1798. Aunque hija de familia de modesta posición, sus padres se esmeraron en educarla y a los 15 años bailaba, tocaba el clavicordio y la vihuela y cantaba todas las canciones del repertorio musical de moda. “Con estos atractivos unidos al de su personal belleza y juventud, es claro que el número de sus enamorados tenía que ser como el de las estrellas, infinito. La niña era ambiciosa y soñadora”
En 1817 llegó a Lima en compañía de su amante, un acaudalado español. Acababa de cumplir 18 años.
“En breve los elegantes salones de la Campusano, fueron el centro de la juventud dorada. Los condes de la Vega del Ren y de San Juan de Lurigancho, el marqués de Villafuerte, el visconde de San Donás y otros títulos partidarios de la revolución; el itálico José Boqui, Sánchez Carrión, Mariátegui, el caraqueño Cortínez y muchos otros caracterizados conspiradores en favor de la causa de la Independencia formaban la tertulia de Rosita, que con el entusiasmo febril con que las mujeres se apasionan de toda idea grandiosa, se hizo ardiente partidaria de la Patria”.
“Desde que San Martín desembarcó en Pisco, Rosa, que a la sazón tenía por amante oficial al general Domingo Tristán, entabló activa correspondencia con el egregio argentino. Tristán y también La Mar, otro de los apasionados de la gentil dama, servían aún bajo la bandera del rey, y acaso tuvieron en presencia de la joven expresiones políticas que ella explotara en provecho de la causa de sus simpatías”.
“Decíase también que el virrey La Serna quemaba el incienso del galanteo ante la linda guayaquileña y que no pocos secretos planes de los realistas pasaron así desde la casa de doña Rosa hasta el campamento de los patriotas en Huaura”. Hubo sonados episodios, como el pase del batallón Numancia a las filas patriotas y también el abortado intento de apoderarse de la fortaleza del Callao, que la tuvieron como activa protagonista”.
“San Martín no dio en Lima motivo de escándalo por aventuras mujeriegas. En esto fue antagónico a su ministro Monteagudo y a Bolívar. Sus relaciones con la Campusano fueron de tapadillo. Jamás se le vio en público con su querida; pero como nada hay oculto bajo el sol, algo debió traslucirse, y la heroína quedó bautizada con el sobrenombre de "La Protectora".
En el salón, a su llegada a Lima, no hubiera sido prudente hacer público la connivencia.
Fuentes:
(01) El libro fue traducido y publicado en Buenos Aires entre 1918 y 1920 por Carlos Aldao con el título de “El General San Martín en el Perú”. Este nombre lo antepone el traductor al original que es “Extracto del Diario Escrito en las Costas de Chile, Perú y Méjico en los años 1820, 1821 y 1822”.
(02) Leguía y Martínez Germán - El Protectorado - Tomo IV - pág. 368 - Lima, 1972.
(03) Palma Ricardo - Tradiciones Peruanas - Doña Rosa Campusano - pág. 952 – Madrid,1953.

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