Dedicada a servir de herramienta a todos aquellos que gusten aprender y difundir la vida, obra y legado del Gral. José de San Martín

lunes, 25 de octubre de 2010

LA INDEPENDENCIA DEL PERÚ

LA INDEPENDENCIA DEL PERU
Mt-17-za
Por Mario Rodolfo Tamagno (mrtamagno@hotmail.com)
Miembro correspondiente del Instituto Sanmartiniano del Perú, del Centro de Estudios Histórico Militares del Perú, del Instituto de Historia Militar Argentina y de la Junta de Historia de San Luis.

PROLOGO

No es infrecuente que la costumbre legalice hechos o datos históricamente incorrectos que se originan en interpretaciones erróneas o surgidas de fábulas. Uno de ellos es designar al 28 de julio de 1821 como la fecha en que fue “declarada” la Independencia del Perú, agregando que lo fue “por el general San Martín” quién, en la ceremonia pública, hizo flamear la “bandera” primigenia por él creada.

La independencia del Perú fue “declarada” el 15 de julio de 1821por los habitantes de la capital del Virreinato en Cabildo Abierto. Posteriormente, el día 28 fue “proclamada” en acto público por San Martín, en su carácter de General en Jefe del Ejército Libertador, agitando el “estandarte o pendón nacional” en reemplazo del “pendón real” que presidía las ceremonias virreinales en la América española.

El acto público fue realizado en la Plaza de Armas (actualmente recuperada en su nombre primitivo como Plaza Mayor) y, si bien es el escenario mencionado en la mayoría de los textos, no fue el único sino el principal, ya que la ceremonia fue repetida en forma sucesiva en otras tres plazas de la ciudad capital.

Recapitulemos entonces, como se desarrollaron los acontecimientos que culminaron en el venturoso 28, un día en el que, según relatos de la época, “hasta la naturaleza parece que quiso tomar parte en el regocijo, porque descorriéndose el cortinaje de las nubes que en ese tiempo cubre el cielo de Lima, se dejó ver el sol en todo su esplendor”.

OCUPACION DE LIMA

El 2 de junio de 1821 se reunieron en la hacienda de Punchauca el virrey La Serna y el general San Martín.
Los realistas escucharon con signos inequívocos de aprobación las propuestas de San Martín: proclamar la independencia del Perú, constituir un gobierno provisional encabezado por La Serna con dos miembros mas, uno por cada parte, y viajar a España “para demostrar los beneficios de un sistema en armonía con los intereses dinásticos de la casa reinante”. Pero poderosas razones en su análisis posterior hizo fracasar la conferencia.

En la madrugada del 6 de julio, las fuerzas realistas al mando del Virrey evacuaron Lima. Se dirigieron por el Sur hacia los Andes, dejando el gobierno de la ciudad a cargo del marqués de Montemira.
La decisión fue tomada por el inminente arribo desde el Norte de las tropas patriotas que completarían el sitio.
Por el Este, los montoneros que conformaban las tropas irregulares peruanas, tenían cortado el abastecimiento de alimentos provenientes de la Sierra Central. En el Oeste, las naves al mando de Lord Cochrane impedían la llegada por mar de mercaderías. La Tres Veces Coronada Villa quedaba así colocada en un virtual jaque mate.

En el curso del mismo día 6, el marqués de Montemira convocó a los principales de la ciudad para acordar con ellos las acciones. Se le envió una invitación a San Martín para entrar a Lima y protegerla en su indefensión.
La Ciudad de los Reyes se encontraba conmovida y presa de la mayor consternación. Todo era confusión, todo un trastorno. Sin armas ni tropas, la capital se hallaba en completa anarquía.

El 7 de julio una avanzada del ejército patriota llegó a media legua de las murallas de Lima. Con bandera blanca unos parlamentarios entraron en la ciudad. Llevaban la respuesta de San Martín a la invitación cursada, donde manifestaba que no deseaba entrar como vencedor, y que no iría a menos de ser invitado por el pueblo. Agregaba que había dado orden a las tropas que rodeaban a Lima, de obedecer los mandatos del Gobernador. A continuación los parlamentarios trataron con el marqués de Montemira y los miembros del Cabildo acerca del modo en que debería hacerse la entrega de la ciudad.

La mayor preocupación de los habitantes la constituían los montoneros, compuestos por mestizos e indígenas, presencia demasiado cercana para el aristocrático ambiente limeño, temeroso de los vandálicos desenfrenos que los realistas profetizaron al hacer abandono de la ciudad. Montemira decidió probar la veracidad de las intenciones del General y ordenó el repliegue de las tropas montoneras a mayor distancia de la ciudad.
La orden fue obedecida de inmediato ante la grata sorpresa y tranquilidad de los limeños.

Una vez acordada las formalidades del caso, en la noche del día 9 ingresaron los primeros efectivos patriotas. Era un escuadrón de Cazadores (no de Granaderos) a Caballo componentes de la escolta del General en Jefe.

Se tomaron una serie de medidas conducentes a que la ciudad retornara a sus ocupaciones habituales. Estas providencias iniciales lograron calmar los temores. Los realistas, antes de hacer abandono de la ciudad, habían procurado infundir en las masas y aún en las clases ilustradas, el temor de que los patriotas nadan respetarían, particularmente a los españoles. Aquéllos que temieron perder sus fortunas habían buscado protección en las fortalezas de El Callao. Además, las mujeres se ocultaban en los monasterios porque “los patriotas saquearían la ciudad y no respetarían ni su pudor”.

Se publicaron varios bandos “aquietando el espíritu tímido de unos y el sobresalto de otros”. Tranquilizados los ánimos, fue enviada una diputación para invitar formalmente a San Martín para que entrase a la ciudad.
El General acepta la invitación, pero aplazó su entrada hasta el 12 de julio. Esperó a que oscureciese para entrar a caballo y sin escolta, solamente acompañado por un ayudante para librarse de las ceremonias de un recibimiento y con la intención de entrevistarse con el Gobernador.

A pesar del empeño puesto para permanecer incógnito, como era su costumbre, pronto se generalizó la noticia.
Hubo de soportar entonces prolongados discursos y salutaciones y resultó involuntario protagonista de escenas de emocionados entusiasmos femeninos. Al retirarse, le fue ofrecido el Palacio de Gobierno como residencia pero prefirió regresar esa misma noche al campamento de sus tropas fuera de las murallas.

DECLARACION DE LA INDEPENDENCIA

Instalado en Palacio al siguiente día 13, San Martín envió una nota al Ayuntamiento presidido por el conde de San Isidro para que convocase a un Cabildo Abierto que permitiera al pueblo expresar su adhesión o repulsa a la Independencia. Recibido el oficio, se convocó a los regidores, y de acuerdo con ellos se resolvió citar para el día siguiente (domingo 15) a las 11 de la mañana. Una vez abierta la sesión, pidió la palabra el Dr. José Arriz de la Universidad de San Marcos, haciéndose eco del sentimiento general por la Independencia de todos los habitantes “de esta ciudad que por trescientos años ha sido el centro del gobierno, ejemplo y reguladora de todo”.

Inmediatamente el Alcalde invitó al Dr. Arriz junto a Don Manuel Pérez de Tudela, para que se encargaran de redactar el acta y, al reabrirse la sesión, se procedió a su lectura. En ella se declaraba que “la voluntad general estaba decidida por la Independencia del Perú de la dominación española y de cualquiera otra extranjera.
(Los declarantes no tuvieron necesidad de una posterior cláusula aclaratoria, como ocurrió en Tucumán).
Todos los asistentes la suscribieron, comenzando por el conde de San Isidro y el Arzobispo Las Heras.

La trascendental decisión tomada en Cabildo Abierto por los vecinos notables de Lima, le fue comunicada a San Martín ese mismo día 15 y éste, cuyo deseo era que cuanto antes se llevase a cabo la proclamación y jura de la Independencia “con la pompa y majestad correspondiente a la grandeza del asunto”, señaló por decreto al sábado 28 como la fecha para realizar la augusta ceremonia. Una comisión nombrada por el Cabildo se ocupó de disponer de todo lo necesario para la celebración y se comenzó por confeccionar el “estandarte o pendón nacional”, cuyo diseño les había remitido San Martín el día 18.

PROCLAMACION Y JURA DE LA INDEPENDENCIA

Según los datos de Tomás Guido, testigo como edecán del General en Jefe, se veían reunidas en la Plaza Mayor unas 16.000 personas. En el centro de la misma y junto a la hermosa fuente que la adorna, se había levantado un tablado destinado para la proclamación dando frente al Portal de Escribanos (que conserva su nombre) con los extremos orientados el derecho hacia el Palacio Pizarro y el izquierdo hacia el Callejón de Petateros (actual Pasaje Olaya).

El Ejército, abriendo calle, daba paso a las altas dignidades militares, civiles y eclesiásticas, así también a los nobles y a las corporaciones que, “montando caballos ricamente enjaezados”, acudían a congregarse en los patios del Palacio Pizarro y calles adyacentes, en medio de frenéticos aplausos. Precedía a una lucida y numerosa comitiva compuesta por la Universidad de San Marcos con sus cuatro Colegios incorporados, los prelados de las casas religiosas, los jefes militares, algunos oidores, una gran parte de los miembros de la nobleza y finalmente los miembros del Ayuntamiento. Se presentó luego San Martín acompañado por el Marqués de Montemira, el Estado Mayor y los demás jefes del Ejército Libertador.

Una reducida comitiva ascendió al tablado ceremonial. El marqués de Montemira, en su papel de máxima autoridad como Gobernador de Lima, entregó la insignia al general en Jefe del Ejército Libertador
San Martín levantó bien en alto el pendón nacional, vivamente emocionado por la grandeza del acto y una vez acallado el alborozo del inmenso gentío, pronunció las palabras “que permanecerán esculpidas en el corazón de todo peruano eternamente”: El Perú es desde este momento libre e independiente, por la voluntad general de los pueblos y por la justicia de su causa que Dios defiende. Batiendo el pendón, exclamó repetidas veces Viva la Patria, Viva la Libertad, Viva la Independencia, y estas expresiones “como eco festivo resonaron en toda la plaza, entre el estrépito de las atronadoras salvas de los cañones y el repique de las campanas de la ciudad”.

La comitiva continuó luego por la calle Mercaderes (actual Jirón de la Unión) hasta la plazuela de la Merced donde se hallaba un segundo tablado y donde se repitió la misma escena. Otro tanto se hizo en la plaza de Santa Ana (actual Italia), delante del Convento de las Descalzas y, finalmente, en la plaza de la Inquisición (actual plaza Bolívar), frente al edificio del Tribunal del Santo Oficio. En todo el trayecto fueron continuos los vivas y aclamaciones y el pueblo demostró su alborozo aplaudiendo a un San Martín “sonriente y pálido aunque sereno, paladeando satisfecho aquella explosión de la gratitud y el entusiasmo público, superior a sus deseos y esperanzas”.

Por la noche tuvo lugar un suntuosísimo baile en los salones del Cabildo al que asistió lo más selecto de la sociedad de Lima. San Martín ingresó a la sala en traje de gran parada, rodeado de los Jefes de cada uno de los cuerpos del Ejército y sus ayudantes.
Mientras tanto, el pueblo se entregaba a toda clase de regocijos y manifestaciones patrióticas en las calles profusamente iluminadas hasta altas horas de la noche en que terminó aquella jornada, “día inolvidable, día de bendición, cuya evocación levanta en el alma una ofrenda de amor, un tributo de admiración, un himno de alabanza, de gratitud y de gloria, nobles y justicieros, para con el Padre de la Patria peruana”.

Al día siguiente, domingo 29, tuvo lugar en la Catedral el solemne Te Deum que estuvo a cargo del arzobispo Las Heras seguida de la Misa de Acción de Gracias. Posteriormente, los miembros de las corporaciones civiles y eclesiásticas, cada uno en sus respectivas sedes, prestaron “a Dios y a la Patria el juramento de sostener y defender con su opinión, persona y propiedades la Independencia del Perú”.

En la noche, San Martín invitó a una recepción en Palacio a lo más selecto de la ciudad. La fiesta rivalizó en esplendor con la que tuvo lugar la noche anterior en la sede del Cabildo. “Así terminaron los actos y festejos que marcan una época: la de la independencia de la última de las colonias españolas en la América del Sur”.
.
* * * * *
Córdoba, 21 de julio de 2010

No hay comentarios:

Publicar un comentario