Dedicada a servir de herramienta a todos aquellos que gusten aprender y difundir la vida, obra y legado del Gral. José de San Martín

lunes, 25 de octubre de 2010

Cada 17 de Agosto... A su gloriosa memoria.


Una vida entera había pasado para El Hombre, largos años que ya le pesaban tanto como la más ardua batalla. Sus huesos, tan acostumbrados al dolor estaban finalmente preparados para el juicio de las generaciones venideras, las únicas capaces de comprender su legado.
El mundo se le mostraba turbio, y sus ojos enfermos habían aprendido a mirar más hacia el interior, donde encontraban paraísos de gloria, camaradas fantásticos, sueños cumplidos, odios absurdos y amores inconclusos.
Ese San Martín, con tantos años y tanto esfuerzo sobre sus espaldas… se encontraba en paz consigo y con sus ideales. Era afortunado en amores familiares y en amigos.
La vida, que siempre había sido dura con él, ahora lo enfrentaba al previsible final, al definitivo combate donde no valen sables ni tercerolas.
Si bien su carácter era habitualmente melancólico y proclive a la meditación y al aislamiento, en sus últimos días se había vuelto un aliado del silencio.
Con su razón intacta y faltando pocos días para la definitiva partida, escribió afectuosas cartas de despedida a su hija, yerno y nietas.
Pocos meses antes, nadie hubiera previsto ese desenlace… en reuniones de amigos hablaba con indeclinable inteligencia acerca de la prodigiosa naturaleza de Tucumán y abrigaba fe viva por el futuro de aquellas provincias. Porque su estómago se partía pero su cabeza organizada liberaba esa mente superior que no paraba de alentar victorias para su patria.
La mañana del 17 de Agosto de 1850, el General anciano amaneció sereno y con fuerzas, se incorporó y paso a la habitación de su hija donde pidió que le leyeran los diarios. Esperaba al médico que en visita de rutina pasaría a revisarlo y a compartir el rapé. Nada anunciaba el final que llegaría imprevistamente a las dos de la tarde, cuando viendo la inminencia de la muerte, el Generalísimo levantó su mano y ordenó a su yerno Mariano que alejara del cuarto a Mercedes… un solo estertor bastó para que el dolor le cediera su lugar a la paz, al merecido y definitivo descanso del héroe.
Y el paladín de la libertad fue libre, tomó su corcel alado para volver a los Andes y hacerse Zonda. A recorrer la patria hasta sus confines, a bañar de gloria toda la tierra americana, a dejarnos su nombre en cada plaza, en cada escuela y en cada uno de nuestros corazones para hacernos vibrar el espíritu cada vez que pronuciemos la palabra… LIBERTAD!

Omar Campos

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